En el mes de los festejos por la Declaración de nuestra Independencia , a 206 años de aquélla gloriosa epopeya, queremos recordar a su artífice y corazón, el Gral. José de San Martín, sus principios y sentido de vida, tan necesarios en estos tumultuosos tiempos.
«Si hay victoria en vencer al enemigo, la hay mayor cuando el hombre se vence a sí mismo.»
José de San Martín
La narrativa tradicional establece su nacimiento el día 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, provincia de Corrientes. Hijo de Gregoria Matorras y de Juan de San Martín vivió en esos pagos hasta los ocho años de edad, trasladándose con su familia a España en 1786.
Allí inició siendo muy pequeño la carrera militar y combatió en las campañas al África y Europa con altas distinciones frente a las tropas napoleónicas.

Después de 22 años de servicio en las mismas, decidió regresar a su tierra natal, por razones insospechadas para unos, por designios del destino para otros.
Lo cierto es que antes arribó a Gran Bretaña y encontró a otros americanos con quienes participaba de una logia secreta con fines independentistas: entre ellos Alvear, Zapiola, Andrés bello, Guido y otros.
Llega a Bs. As. en 1812 en la fragata Canning, junto con algunos de sus compañeros de la logia, que se convertiría en la Logia Lautaro, hiladora de los cambios políticos por venir y movilizadora del trabajo de San Martín.

Casi inmediatamente se le reconoce su grado de teniente coronel y se le encarga la formación de un regimiento de caballería. A partir de allí comienza la gesta sanmartiniana, en la que los “enemigos” no sólo fueron los realistas españoles, sino también alguno de sus compatriotas; políticos demagogos, con ansias de poder y gloria personal, que aspiraban solo al beneficio propio por encima del bien común.
Sin embargo, San Martín tenía claro sus objetivos y los plasmará pese a toda circunstancia adversa. Aquí comienza a elaborar con total brillantez e inteligencia, las estrategias de la futura liberación, que tardará años en concretarse. Pero San Martín espera, con la paciencia de los dioses y al mismo tiempo construye.
Vence en febrero de 1813 a las huestes realistas que trataban de desembarcar en Montevideo. La famosa batalla de San Lorenzo tiene lugar. En ella, hombres tan heroicos como su mentor, convierten en hechos los principios esgrimidos. Tal es el caso del Sgto. Cabral que encuentra la muerte por salvar la vida de su coronel.
El Plan Continental
Con las derrotas Vilcapugio y Ayohuma de Belgrano al mando del Ejército del Norte, San Martín afirma su convicción de que no llegará al Alto Perú (principal centro de dominio de los realistas) por tierra con éxito.
Es designado jefe de aquél ejército, pero por uno de sus tantos malestares, se le otorga licencia y es nombrado Gobernador de Cuyo. Aquí en tierras mendocinas, al pie de la cordillera logra reponerse y poner en funcionamiento lo que sería su plan continental de liberación. Al asumir el cargo el cabildo mendocino le ofrece una casa que el Libertador no acepta y decide cobrar sólo la mitad del sueldo asignado.
Por distintos avatares políticos, el entonces Director Supremo Carlos M. Alvear, antiguo amigo de San Martín, ahora enfrentado con él, lo reemplaza en el cargo por Gregorio Perdriel. Esta decisión convulsiona a los cuyanos, que en cabildo abierto, confirman a San Martín en el puesto.
Más tarde y ya con el apoyo del nuevo Director, nuestro libertador se dedica plenamente a la formación en toda su complejidad del Ejército de los Andes, en la que colaborará de manera inestimable, Fray Luis Beltrán, en el conocido por nosotros, campamento del Plumerillo.
Para la conformación del ejército, se realizan todos los esfuerzos posibles por parte del pueblo cuyano. Se establecen nuevos impuestos, se rematan tierras públicas, se crea una contribución extraordinaria de guerra, se reciben donaciones en joyas y pesos, se grava con un peso cada barril de vino, se realizan trabajos por artesanos, damas y expertos, sin ningún tipo de retribución.

Al mismo tiempo que San Martín trabajaba y elucubraba su brillante plan, exhortaba a los diputados reunidos en el Congreso de Tucumán a la efectiva declaración de la independencia, mientras seguíamos siendo al parecer del Libertador “insurgentes puesto que nos reconocíamos como vasallos”.
El 9 de julio de 1816 se cierran definitivamente los lazos con Fernando VII y toda dominación extranjera y nace una débil libertad, vapuleada en adelante por la lucha entre hombres que por pensar de manera diferente, perdieron de vista su real significado y regaron de sangre argentina un país que hasta ahora no ha dejado de sufrir las consecuencias de la conducta de mentes estrechas y egoístas.

No había en aquella época bandos elogiables por sí mismos, ni salvajes unitarios ni santa federación o viceversa. Si bien todos ellos eran producto de la época y operaban con métodos que ahora resultan desdeñables, perdían el objetivo básico y perdurable: el bien común.
Pueden haber cambiado los actores y el escenario, pero el paso de los años no han enseñado a quienes nos han representado a pensar en beneficio de todos los argentinos.
El cruce de los Andes
Previa confección por las damas mendocinas de la Bandera de los Andes, comandadas por Remedios Escalada y bajo la protección de la Virgen del Carmen, el 17 de enero de 1817 parten hacia el cruce de los Andes más de 5000 hombres, 10000 mulas, 1600 caballos y 700 reses, llevando alimentos y provisiones para llegar a Chile.
Con tácticas admirables se desarrolla lo que se conoció como guerra de zapa, que consistía en desorientar a los realistas haciéndoles llegar datos falsos sobre la campaña, especialmente sobre los puntos por donde el ejército atravesaría la cordillera.

Bajo estas circunstancias se inicia la travesía del cruce de los Andes, dividiendo al ejército en 6 columnas. Su amigo chileno Bernardo O’ Higgins y Soler que cruzan por Los Patos, Las Heras por Uspallata, Lemos por Portillo, Freire por Planchón, Cabot por La Guana (San Juan) y Zelada por Comecaballos (La Rioja).
Las condiciones de la travesía son difíciles, escasea el agua potable, el frío se hace intenso y la altura provoca también ciertos contratiempos. A lo largo de toda la campaña San Martín se ve aquejado por vómitos de sangre. Sin embargo, nada puede detener su voluntad de lucha.
En los pies del Aconcagua avasalla al ejército realista en la Batalla de Chacabuco, conoce el valor de sus hombres, parte esencial de esta epopeya. Pasan por triunfos y también por derrotas, pero logran su cometido.
San Martín posibilita definitivamente la liberación de Chile en 1818 y la del Perú en 1821, siendo nombrado en el primer caso por el cabildo chileno Gobernador de Chile, a lo que renuncia a favor de su compañero O’ Higgins. En el segundo, ya siendo Protector del Perú y no habiendo eliminado completamente a los reductos realistas, recurre a lo que él piensa sería la unión de los esfuerzos americanos por ser libres.
La renuncia de un Grande
En pos de la unión, se reúne con Bolívar en Guayaquil en 1822, líder de la rebelión del norte contra los españoles y tras conferenciar privadamente con él durante varias horas, dimite a sus cargos y deja los honores a Bolívar para que concluya la campaña. Una vez más deja de lado las distinciones, enarbolando sus principios.
En carta a Bernardo O’Higgins del 25 de agosto San Martín manifestaba: “Ya estoy cansado de que me llamen tirano, que en todas partes quiero ser rey, emperador y hasta demonio. Por otra parte, mi salud está muy deteriorada. En fin, mi juventud fue sacrificada al servicio de los españoles, mi edad media al de mi patria, creo que tengo derecho de disponer de mi vejez”. San Martín tomaba así una drástica decisión: retirarse de todos sus cargos y dejarle sus tropas a Bolívar para que este concluyera la campaña de independencia.
El 20 de septiembre embarca rumbo a Chile y así finaliza la vida pública del gran general.
Con más o menos detalles esta es una brevísima crónica de su vida, que puede hallarse en cualquier libro de historia. Lo más valorable de ella, es la plasmación concreta de convicciones y valores esgrimidos siempre dirigidos por la ética y la honradez.
San Martín luchó pese a sus enfermedades y malestares, la mayoría de las veces sin apoyo político, renunciando a lo que pocos renunciarían, desde los honores hasta la presencia de su familia. Y sin embargo, todo lo perdió. Su esposa y amiga (como hizo escribir en su tumba) falleció a los 26 años, lejos de su marido, dejando sola a la pequeña niña de ambos.
Su esfuerzo fue casi imperceptible ante los gobernantes de turno, que empeñados siempre en mantener el poder muchas veces le dieron vuelta la cara.
No queriendo ensuciar sus manos en guerras civiles y con el dolor de la pérdida en su pecho, parte de Bs. As en 1824. Vuelve 5 años después pero no desembarca por los conflictos políticos del momento. Nunca más regresó a la tierra por la que peleó con su propia vida.
El gran Libertador, desde entonces, dirigió sus esfuerzos a la educación de su adorada hija Mercedes, al amor de sus nietas Merceditas y Josefina y al respeto de su yerno Mariano Balcarce.
Después de vivir en Bruselas, se radica en Francia donde transcurre sus últimos días. El 17 de agosto de 1850, fallece en Boulogne Sur Mer.

Héroe por siempre
Poco importa ahora analizar las nuevas teorías sobre su verdadero origen (que sería indio para sus sostenedores) si tuvo tal o cuál amante, padeció enfermedad, fumó opio o fue masón y anticlerical. Por más verdadero que ello pudiera ser, desvía la mirada de su esencia como hombre. Del pensamiento desplegado en una vida y hecho realidad pura, que se puede resumir sus propias palabras…
- «Cuando la Patria está en
peligro todo es lícito, menos dejarla perecer».
(José de San Martín).
- Más ruido hacen diez hombres que gritan que cien mil que están callados.
- Serás lo que debas ser, si no, no serás nada.
- Si somos libres, todo nos sobra.
- Mis necesidades están más que suficientemente atendidas con la mitad del sueldo que gozo.
- La seguridad individual del ciudadano y la de su propiedad deben constituir una de las bases de todo buen gobierno.
- “Unámonos, paisano mío, para batir a los maturrangos que nos amenazan: divididos seremos esclavos; unidos, estoy seguro de que los batiremos; hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra de honor. Mi sable no saldrá jamás de la vaina por opiniones políticas; usted es un patriota y yo espero que hará en beneficio de nuestra independencia todo género de sacrificios…” (Carta del Gral. San Martín a Estanislao López – 1819).
- «…lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española: una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer…” (carta que le escribió a Rosas, el 10 de junio de 1839)

